Les Revenants

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No he podido resistirme a hacer la gracia y revivir el blog escribiendo unas líneas sobre Les Revenants, la respuesta francesa más o menos en clave de realismo mágico a la fiebre de los muertos vivientes.

 Allá por febrero, en el lecho del dolor tras la extracción de mi primera muela del juicio, alcancé el estado de ánimo adecuado para despacharme en dos días los ocho capítulos de Les Revenants (Los regresados), producción de Canal + Francia inspirada en una película de 2004 que no he visto.

Lejos de la putrefacción gore de The Walking Dead, Les Revenants, más que una serie de terror, es un misterio sobrenatural con influencias de Twin Peaks (ese pueblecito de montaña rodeado de bosques), la película sueca de vampiros Déjame entrar (el dibujo de los personajes juveniles, su verosimilitud psicológica frente a lo fantástico), y mucho de LOST tanto en el uso de los flashbacks (con sorprendentes y dosificadas revelaciones sobre el pasado de los personajes y el lugar) como en el tratamiento del milagro inicial  (el inválido que recupera el movimiento de las piernas / los muertos que vuelven a casa creyendo que siguen vivos) como un ambiguo regalo con remitente desconocido y quien sabe si sujeto a contrapartidas siniestras.

Hubiese sido una miniserie extraordinaria pero no: la primera temporada termina en un cliffhanger, ya están preparando la segunda y los productores no se mojan sobre cuántas más piensan hacer mientras que ya está en marcha el remake norteamericano. Lógico, porque la serie está planificada con un ojo puesto en la exportación, rodada en esa especie de esperanto narrativo modelo Amenábar o Bayona donde la acción transcurre en un universo estilizado prácticamente limpio de localismos, que lo mismo podría ser Francia que Vancouver pero que en este caso, más que un problema, es otro factor que contribuye a la atmósfera de encantamiento.

Como remate está la banda sonora compuesta por el grupo escocés Mogwai, que no tiene mucho que ver con Angelo Badalamenti pero que en su estilo abstracto ruidista resulta casi igual de eficaz creando ambientes de desoladora melancolía para estos muertos que no recuerdan haber muerto, que no comprenden el horror y la incredulidad de sus seres queridos ni que en su ausencia la vida ha seguido para todos; la chica adolescente devuelta a una familia que lleva diez años deshecha tras el accidente en el que murió; el novio fallecido el mismo día de su boda que pretende continuar la relación donde se quedó; el siniestro niño errante que vaga solo por el valle al que parece haberle comido la lengua el gato…

Y hubiera sido mejor como miniserie porque, en el último par de episodios, el intimismo trágico y metafísico de todas estas historias entrelazadas parece haber empezado a derivar hacia una ficción de género más convencional y postiza pero más sostenible a medio plazo. A la espera de una teoría general que los unifique, los múltiples misterios en torno al pantano, las propiedades de sus aguas y el pueblo fantasma sumergido en su lecho quizás permitan extender la trama un par de años pero miedo me da que acaben por diluir la poderosa idea central de la serie, la del regreso de los muertos como ellos mismos tal como se fueron y se conservan en la memoria, fantasía atávica maravillosa y terrible que en sus momentos más brillantes, los que la conectan con la experiencia humana de la propia finitud, de la pérdida y la ausencia, acerca Les Revenants a un Ingmar Bergman metido a competir con George Romero.

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