La revancha accidental de Rodríguez

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Vista Searching for Sugarman, la ganadora de este año del Oscar al mejor largo documental, la historia real (que parece mentira) de Sixto Rodríguez, ni siquiera una nota a pie de página en las enciclopedias de la música, un cantautor de Detroit que sacó dos discos excelsos a comienzos de los 70 que fueron como el árbol que cae en mitad del bosque y nadie lo oye, desvanecido sin dejar rastro en el espacio-tiempo tras su fracaso. Pero no en Sudáfrica, donde esos vinilos, primero traídos de contrabando y luego vendidos por millones, prendieron en el imaginario de una población hambrienta de libertad, sus canciones se convirtieron en himnos de la oposición al Apartheid y su autor en un personaje de leyenda del que (en la era pre internet) nadie sabía realmente nada.

Así fue hasta que, a mediados de los 90, un par de aficionados tuvieron la idea de seguir la pista de Rodríguez para descubrir las verdaderas circunstancias de su muerte, y lo que descubrieron fue que no sólo no estaba muerto sino que el buen hombre, completamente apartado de la vida musical (trabajando como albañil y siempre implicado en actividades al servicio de la comunidad) no tenía ni idea de que a 13.000 km de su casa lo consideraban una estrella más grande que Elvis.

La película, aunque flojea un poco en su parte central (las declaraciones de los entusiastas investigadores relatando sus pesquisas, inevitablemente mucho menos interesantes que el propio objeto de su investigación) es extraordinaria por lo que cuenta, por las emocionantes canciones de Rodríguez y por la personalidad de su magnífico protagonista, casi un maestro zen imbuido de una ecuanimidad admirable frente al triunfo o el fracaso (o lo que quiera que estos términos signifiquen para él), encajando con absoluta naturalidad y elegancia la improbable broma del destino de una gloria y reconocimiento que le caen encima veinte años tarde, como los réditos de esa otra vida completamente distinta que podría haber tenido (la que, de hecho, había llevado su obra independientemente de su autor, aquel mensaje de cambio lanzado en una botella que había terminado por llegar a más gente de lo que hubiese podido soñar, eso sí, confirmando el dicho de que nadie es profeta en su tierra).

Sin embargo, el documental (una producción sudafricana después de todo) no se plantea resolver el enigma del incomprensible y rotundo fracaso de Rodríguez en los EEUU, un artista que, según nos cuentan, había causado hondísima impresión a todos cuanto se cruzaron con él en el negocio musical y cuyas canciones, escuchadas hoy, resisten bien las comparaciones con las de vacas sangradas de la época como Bob Dylan, Neil Young, James Taylor o Paul Simon. ¿Falta de ambición para perseverar en el negocio? ¿Mala estrategia comercial de unas discográficas marrulleras de las que, a día de hoy, aún no ha cobrado ni un royalty? Algo de eso habrá, quizás, pero, factores de marketing aparte, surge la inevitable sospecha de que aquellos tiempos no estaban listos para prestar oídos a un cantautor lírico de poética combativa con un aspecto y apellido tan decididamente hispanos.

En este sentido, el (cantado) triunfo de Seaching for Sugarman, este cuento amargo de improbable final feliz (con su posibles pero nunca explicitas huellas de una discriminación racial mucho más sutil que la sudafricana), hace buenas migas con ‘Argo’, principal ganadora de una edición de los Oscar especialmente cargada de miradas autorreflexivas hacia la Historia y los pecados antiguos o recientes de los EEUU (Lincoln, Django desencadenado, La hora más oscura), un cine que, en tiempos de turbación y derrumbe de paradigmas, parece echar la vista atrás en busca de las raices de sus actuales males, sea para recuperar modelos ejemplares que le sirvan de inspiración, para corregir el pasado a base de imaginación o para certificar el momento en que extravió el camino (o se jodió el invento).

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