El Hobbit irregular

Bolsón CerradoTres horas de El Hobbit (parte 1 de 3) no se llenan facilmente por muy buenos que sean los decorados, la música, los efectos digitales (unos más que otros), o los actores (todos perfectos). El guión adaptado es aún más prosaico, mecánico y tosco que en la saga del Anillo: innecesariamente prolijo, empeñado en explicarlo todo cincuenta veces en una película lastrada por el peso de la literalidad (o la necesidad de hinchar el metraje metiendo discursos motivacionales, anécdotas familiares y hasta extras del blu-ray y escenas eliminadas de la trilogía anterior). Tras el prólogo de cómo el dragón expulsó a los enanos de su reino bajo la montaña, la densidad de información genuina por minuto en la primera media hora es tan baja que ahora se entiende que Peter Jackson decidiera rodarla a 48 fotogramas por segundo (para dar al espectador algo con lo que distraerse apreciando al menos la nitidez de la imagen). Sin obligación ninguna de condensar poéticamente la acción (porque condensar es lo que menos le preocupa), la puesta en escena de Jackson durante las escenas en la Comarca es rutinaria hasta decir basta, eso cuando no nos ofrece otro de sus gloriosos primeros planos de cabellos al viento de anuncio de champú.

Y entonces aparece Radagast el Pardo (Silvester McCoy, el 7º Doctor), mago estrafalario y asilvestrado, consumidor habitual de setas alucinógenas, con sus cabellos sucios de mierda de pájaro y su trineo tirado por gigantescos conejos, y de repente la cosa remonta muchísimo y recuerda otra vez a una película de Peter Jackson el Joven y uno preferiría ver una trilogía entera con este personaje en vez de las aventuras estiradas como un trozo de mantequilla de Bilbo Bolsón.

Aún así, el resto a partir de ahí sigue bastante bien, con la mítica escena de los trolls muy bien resuelta, el emotivo diálogo telepático entre Gandalf y Galadriel, la lucha de los gigantes de piedra bajo la tormenta, el desfase de los trastos de la montaña y el icónico duelo de acertijos entre Bilbo y Gollum (donde ni siquiera el crónico énfasis de subrayados de Jackson es capaz de cargarse la intensidad y sutileza interpretativa de Andy Serkis y Martin Freeman).

O sea, que a ratos mal y a ratos bien, que acaba mejor de lo que empieza y que a todo el mundo que la vio conmigo le gustó más que a mí así que tampoco conviene hacerme mucho caso.

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