Qué es un rey para ti (la película)

El discurso del rey

El discurso del rey es un drama histórico competente y entretenido que se ve con gusto por mucho que intente colarnos como una especie de precuela de The Queen de Frears y Morgan lo que no deja de ser un bonito cuento de superación personal a mitad de camino entre Rain Man y My Fair Lady.
No obstante, las simpatías que en principio podría despertar la película de Tom Hooper (especialmente Geoffrey Rush y Helena Bonham-Carter) se van rápidamente evaporando conforme arrasa con británica flema en todas las galas de premios y deja en la cuneta a trabajos de categoría muy superior. Y aquí es cuando algunos empezamos a mirarla de mala manera como a la Una mente maravillosa de esta temporada.

El cine de época, y la ficción histórica en general, tienen de su parte un prejuicio cultural favorable: el de que, además de distraer, informan y educan, que son más que un entretenimiento porque (en palabras de los Hermanos Pizarro) enseñan deleitando.
Como si el resto de ficciones pudieran escapar de ser (tanto o más que las históricas) reflexiones acerca de la realidad; como si los relatos basados en hechos reales no fueran, en el fondo, casi igual de imaginarios. Más todavía: de esa plaga de miniseries españolas de la que venimos disfrutando en los últimos años podría concluirse que la Historia reciente no es más que un conjunto de franquicias durmientes a la espera de ser explotadas gracias al reconocimiento de marca de ciertos nombres populares con morbo.

Quien quiera historia, que se imprima la wikipedia: El discurso del rey, como es su deber, falsea los hechos como le viene en gana para llevar el relato al terreno de la fábula que pretende contar. Fábula construida sin mucha sutileza en torno a las vidas paralelas de dos individuos en apariencia tan opuestos como el futuro rey Jorge VI de Inglaterra (Colin Firth, tartamudo y acomplejado) y el dicharachero terapeuta del habla australiano que le salvará del público bochorno ante el micrófono (Rush).

Dos veteranos de guerra, devotos padres y esposos, ambos con problemas de dicción que obstaculizan su vocación (Lionel Logue no consigue papeles de rey shakespeariano en el teatro amateur inglés a causa de su acento australiano mientras que el Duque de York no puede cumplir con sus obligaciones protocolarias como miembro de la familia real por culpa de su tartamudez) y ambos sin título para ejercer aquello que mejor saben hacer (ni Logue  es médico ni el príncipe es el heredero al trono) pese a que cualquiera de ellos supera en cualificación a los titulados oficiales. Tantas coincidencias comparten que nada más natural que el monarca y su súbdito de ultramar terminen reconociéndose como almas gemelas y se hagan amigos para siempre.

Sus diferencias, si acaso, se limitan a cómicos roces por asuntos de etiqueta y modales, las típicas de una especie de película Disney de imagen real donde todo el mundo es bueno salvo el cretino que abdica y el truculento Arzobispo de Canterbury encarnado por Derek Jacobi. Llegan las confesiones, aumenta la intimidad en el trato y aún así se nos escamotea un genuino e inevitable choque de culturas, de prejuicios, valores y puntos de vista en conflicto entre estos dos mutuos alienígenas, a falta del cual los personajes nunca terminan de saltar del papel, definir su identidad y alcanzar sustancia plena. Podemos admitir quizá que se nos haya contado todo lo esencial sobre Lionel Logue pero no cabe duda de que nos hemos quedado sin saber apenas nada de lo que piensa de la vida y de su propio lugar en el mundo esta versión imaginaria del papá de la reina Isabel.
Parece haber aquí una moraleja, una conclusión democrática de cajón como la de que un ser humano vale más por aquello de lo que es capaz que por su origen o los títulos que le adornen. Ciertamente Logue se cualifica como un gran terapeuta que ayuda a pacientes a los que la medicina oficial ha dado por perdidos. Pero ¿Y el rey? ¿Qué hace exactamente el rey?

El hombre sufre mucho por su problema, sigue (por la cuenta que le trae) un tratamiento que le causa algo de bochorno, no se mete en absoluto en política (ve a Hitler dando un discurso y sólo se fija en lo bien que se expresa el hombrecillo iracundo) y, sobre todo, huye como alma que lleva el diablo del ejemplo de su hermano Eduardo VIII, el pronazi llorón que descuida sus deberes y lo deja todo por una americana divorciada. Cierto que Logue le llama “el hombre más valiente que he conocido” pero no nos queda otra que confiar en su palabra.

Jorge V,  padre del tartamudo y del débil de carácter, comenta con disgusto que por culpa de los nuevos medios de masas la familia real se ha convertido en una troupe de actores, y esa parece la reflexión más profunda sobre la monarquía de la que es capaz esta película. Ser rey es hacer el papel de rey (lo que quiera que esto signifique) y no tropezar con la lengua o con los muebles mientras interpretas tus líneas. Así, la gran escena legitimadora de Jorge VI, la lectura radiofónica a las puertas de la II Guerra Mundial de unas palabras escritas por otro a las que apenas presta atención (tan concentrado como está en superar las dificultades técnicas de su alocución) termina representando un triunfo de la forma sobre el fondo tan solo comparable a una final cualquiera de OT. Quien sabe, quizá El discurso del rey tenga más mala baba de lo que aparenta.

Un comentario en “Qué es un rey para ti (la película)

  1. Ya pero al final la gente se cree lo que quiere creerse por mucho que les expliquen que es todo un cuento chino. ¡Si hasta hay convencidos de que los hombres de las cavernas tenían mascotas-dinosaurio porque lo vieron de pequeños en los Picapiedra!Y anda que para confusiones entre realidad y ficción, aquella biografía de Malcom X que vi un día en una librería con la foto en portada de Denzel Washington (verídico)

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