The Greatest Hit

Emilio Lafuente, ahora casi nos hace gracia recordarlo, fue también otro de aquellos jóvenes cantautores que aprovecharon la extraña ola de revivalismo de principios de los 90 para darse a conocer. Ya desde su adolescencia, mientras sus amigos y compañeros formaban y reformaban grupos de rock en bulliciosa promiscuidad tras la estela de los Ramones, Bruce Springsteen o Duncan Dhu, escupiendo ácidas consignas antisistema en plan Sex Pistols o cantando en gangoso inglés mirando hacia Seattle-La Meca, él se bajaba al metro con su guitarra y allí, tarde a tarde, con increíble constancia, plantaba los cimientos de su personal universo poético. Su insobornable intransigencia artística no le puso fácil el camino al triunfo. Letras como “Si es que da asco ir en metro/ Tanta gente, tanta gente/ que nunca cojo asiento” no le ayudaban de entrada a ganarse las simpatías de sus involuntarios oyentes.

Durante años actúa en bares y cafeterías en los que un público marginal no acaba de entender la sinceridad de sus planteamientos en primera persona. Se le tiene por un posmoderno enrollado que retrata con ironía y distanciamiento el apoltronamiento de un sector de la juventud:

​No me des birras
Ni más kalimotxo
Lo que yo quiero
Es agua de grifo
Que p´a eso pago la contribución

Musicalmente ecléctico, algunos lo llamarían más bien indeciso u oportunista: Funk, reggae, hardcore, folk, psicodelia, jungle, trip-hop, jazz, bossa nova, ritmos latinos, sonido Liverpool, flamenco-blues… no había palo que Lafuente no tocase. Su primer disco, editado por una multinacional a la sombra de la moda cantautoril, consistió en una selección de sus canciones de temática amorosa que proyectaba una imagen más bien sesgada de su arte. Así, en baladas como

Tú decías de ir a Mallorca
Yo decía de quedarnos aquí
Te fuiste, me dejaste
No sé si algún día podré perdonarte.
Nena, tu nunca entendiste
que todo hombre es una isla
balear

los críticos irrisoriamente creen detectar influencias de Phil Collins.

Mientras otros compañeros de generación se resistían a ser etiquetados como “cantautores”, Lafuente busca a toda costa ser reconocido como tal. Así lo atestigua con singular desfachatez la siguiente pieza:

Serrat vende más que yo
Guerra vende más que yo
Serrano vende más que yo
Alvarez vende más que yo
Aute vende más que yo
Ibáñez vende más que yo
Raimon vende más que yo
Llach vende más que yo
Hasta Labordeta vende más que yo
Ah pero los tiempos
están cambiando

Un tema que, para consternación general, no pierde ocasión de interpretar en el concierto homenaje del 65 aniversario de Joan Manuel Serrat. Sus canciones eran la expresión sincera de sus más íntimas obsesiones. ¿Era acaso culpa suya estar obsesionado consigo mismo? Durante años martirizó al respetable con el relato pormenorizado, completamente exento de ironía, de sus más mínimas desdichas y sinsabores. Sus ligues frustrados, su fobia a las suegras, su increible suerte con la lotería, la injusticia de una multa de tráfico, su hipocondria, sus dolores de muelas…  Si un oyente podía reconocerse ocasionalmente en alguna de esas experiencias, el particularísimo del resto acababa por irritar y extinguía cualquier principio de simpatía por el personaje. Antes de la subida al poder de la junta militar de García Fernández, su único éxito había sido esta versión bastante libre del Tonight’s the night de Neil Young:

Esta noche es la noche
Esta noche es la noche
Esta noche cambian la hora
Esta noche es la noche
En que duermo una hora más

Con el cambio de régimen y la brutal represión que se desató a continuación,  las penurias de todo género que recayeron sobre el conjunto de la población no podían dejar de alcanzar también a Lafuente. Cuando ya nadie se atreve a hablar, sus letras siguen reflejando un malestar personal que ahora sin embargo muchos comparten:

Qué pasó con las fiestas de los pueblos?
Qué fue de las radios libres?
Dime tú
quién me ha cerrado el afterhours?

Convertido de pronto en un artista incómodo para el gobierno, el régimen no habría tenido problemas para ponerlo de su parte, habría sido fácil comprarlo pero Lafuente ha caído ya en desgracia a los ojos de las autoridades y, en vez de eso, los medios lo censuran y se prohiben sus actuaciones. El resultado son más motivos de queja para él y una radicalización de sus letras:

Vaya porquería
Viernes noche en la Gran Vía
Todo está deshabitado
La mitad ya está en la cárcel
Y el resto vigilados

Lafuente continúa actuando más que nunca en conciertos clandestinos y sus discos pasan de mano en mano en grabaciones caseras. Finalmente es detenido y, tras un juicio sumarísimo, fusilado al alba como en la canción de Aute. Mártir por la libertad, sus temas, incluso los primeros, se convierten en himnos para la resistencia y se corean en manifestaciones ilegales. Con el retorno de la democracia se le concede a título póstumo el premio Adam Smith, dedicado a aquellos grandes hombres que, buscando tan solo su propio interés, más hicieron por el bien común.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *