​Éxodo

Una mañana de febrero sale el dato del IPC y resulta peor de lo esperado. La situación del déficit comercial, por su parte, lleva ya meses preocupando en los ambientes financieros. Y esa misma mañana, que casualmente es la de un viernes, el presidente del gobierno reúne al Consejo de Ministros y les expone una serie de reflexiones. Y todos los ministros, salvo uno, convienen con él en que los americanos y los alemanes se nos están comiendo con patatas y en que el bache económico internacional nos está afectando especialmente y cada vez nos aleja más de los puestos de liderazgo. Y entonces el presidente, gravemente, sentencia:

“Damas y caballeros, en estas condiciones considero que es absurdo continuar.”

Y al día siguiente las secciones de economía de los periódicos de medio mundo anuncian en grandes caracteres la noticia de que, tras más de cinco siglos de Historia, el estado español se disuelve debido a su incapacidad para adaptarse al ritmo que marcan los tiempos.

Cada ciudadano en situación activa recibe un cheque por correo liquidando sus cotizaciones a la Seguridad Social,  porque desde el lunes cesa toda responsabilidad por parte del Estado, y es una suerte que para entonces estemos ya integrados en el euro porque de otro modo ese dinero y el que tuviésemos ahorrado no sería ya de curso legal en pais alguno. Pronto se sabe que el Gobierno en funciones ha alcanzado un acuerdo para vender el territorio nacional a nuestros dos ancestrales vecinos (Portugal obtiene su propia salida por tierra a Europa al quedarse con la cordillera Cantábrica y parte de la Pirenáica, más ambas Castillas, y Francia se adjudica casi todo el Mediterráneo salvo las provincias del sur de Andalucía, que por un módico precio van a parar al Reino Unido) y saca a subasta internacional el resto de bienes públicos mientras en el interior se organizan manifestaciones y protestas y nostálgicos de todo signo saltan a las calles exigiendo la reapertura de su país y la intervención de la Comisión Europea. Todo es inútil, la decisión es firme. La mayoría se rinde a los pocas semanas y se mentaliza para vivir como expatriados en la que hasta hace poco era su tierra. Con el paso de los meses  muchos se verán forzados a emigrar conforme las nuevas autoridades vayan demoliendo una a una las zonas urbanas para erigir en su lugar faraónicas infraestructuras públicas que son contempladas con una mezcla de envidia y resentimiento. Los antaño orgullosos y protoeuropeos ciudadanos de España, ahora despojados  de su condición de criaturas occidentales conectadas a internet, se dispersan por el mundo en busca de fortuna, a la buena de Dios, llevandose consigo sus exóticas recetas de cocina y sus ancestrales danzas regionales. Entre tanto, gracias a Dios, varios ministros encuentran acomodo en la empresa privada.

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