El amortal

El hombre más viejo del mundo no es japonés, ni esquimal, ni siquiera tibetano. Se llama Evaristo Juárez y es mexicano, o al menos así lo acaba de certificar la última edición del libro Guiness de los Records. Don Evaristo, que nació en Ciudad Piojos, cerca de Tijuana, el diecisiete de septiembre de 1823, ha alcanzado ya por tanto la bíblica edad de ciento setenta y cuatro años. Hombre de hábitos sencillos, nunca en su vida ha salido de su pueblo y eso es algo que dice no lamentar. “Viajar cuesta plata”, farfulla con su dulce acento este entrañable viejecito casi inmóvil, un puro saco de pellejo y huesos de ave sin un solo diente al que le rebosa un sombrero charro varias tallas más grande que él. Posa orgulloso para nuestro fotógrafo rodeado de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y demás mientras su actual esposa, una exuberante mulata de dieciocho años, le cambia los pañales.

Devuelto a su mecedora, don Evaristo fuma ensimismado el cigarro que le enciende solícito su achacoso nieto Cuathemoc mientras ante él desfila reverente una invasión de turistas norteamericanos que acaba de descender del autocar. Nada de fotos, advierte la señora Juárez a los gringos, y señala una mesa con postales y figuritas de arcilla de don Evaristo que atiende sonriente otro familiar. “Las fotos a cinco pesos”. ¿Le disgusta a don Evaristo tanta visita?

“Los soldados de Maximiliano me roban la vaca”, murmura con la cabeza gacha. “Los de Porfirio se me llevan las gallinas. Los hombres de Villa me roban la chimenea. Pero viene Zapata y me pinta la casa. Yo creo que las visitas no son ni buenas ni malas sino que cada cual es de su padre y de su madre.”

El hablar del anciano es un tenue hilo entrelazado de susurros. Me confiesa que, de todos los grandes hombres que ha conocido, el único que le impresionó realmente fue Cantinflas, por lo bien que hacía de mexicano.

-Don Evaristo, usted es un vestigio vivo de un mundo que los demás solo hemos conocido por los libros. ¿Cómo se siente un hombre de su época a estas alturas del XX? ¿Qué opina de la vida moderna?

El viejito, en silencio,  mira al vacío. Le repito más despacio mi pregunta y esta vez parece comprender.”¡Ay, y yo que sé, mi cuate, si no me quieren poner televisión!”, se queja. “¡Pero mira, Evaristo, si ahí la tienes!”; la señora Juárez le agarra por el cogote y le vuelva la cabeza hacia los cinco niños amontonados en un sofá viendo a todo volumen El Equipo A delante de un viejo televisor Zenith. Don Evaristo aparenta no enterarse; “de la vida moderna algo he oído, pero saber, yo aquí no sé nada. Pa eso pregunte a los jóvenes, ellos le dirán”. “El pueblo está casi lo mismo y la gente cambia no más que pa morirse” añade en vista de mi insistencia. “Pero antes había respeto pa los viejos. Ya no respetan nada, ahora todos van por la plata no más. Nadie pide consejo a la voz de la experiencia. Ay mi amigo, si a mí me escucharan…”

Cuando le manifiesto mi interés por conocer esos consejos suyos, don Evaristo clava en mí sus ojillos apenas intuidos bajo los pliegues innumerables de los párpados: “El Gordo Sánchez  me vendió tres mulas y las tres veces me engañó. Nunca se fíe de ese cabrón.”

Escruto atentamente su faz pero no logro descubrir si chochea o si me toma el pelo. Su nieto, que no se separa de nosotros un instante, aprovecha el momento para meter baza: “Ahora el abuelo le contará el secreto de su larga vida”; en su repentina excitación el anciano hasta deja caer al suelo el cigarro. “Vamos a ver, ¿usted cuantos años me echa?” pregunta. Cuando le sigo el juego y le digo que ochenta y cinco, él ríe como un niño con bronquitis terminal. “¡Ya voy para ciento setenta y cinco!” proclama orgulloso. “De seguro querrá usted saber cómo lo hice. Pues hombre, encantado de contárselo.”

“Una vez, cuando tenía tres años, me puse muy enfermo. Como entonces por aquí no había médicos, todos pensaban que me moriría porque era una fiebre muy mala que no bajaba y se me iba comiendo. Entonces alguien llamó al viejo Lucas, el indio. Vino el indio y me vio tan mal que les dijo a mis papás “Prepárenle un brebaje de esta manera y con esto que les voy a decir y en dos días no le den otra cosa ni para comer ni para beber”. Y con el brebaje del indio me curé.”

“Y luego, como mi mamá tenía miedo de que me volviera a enfermar, me dio tantos cuidados que le salí un holgazán que nunca dio palo al agua, y haga usted como yo que seguro llega a viejo también.”

Las carcajadas del anciano pronto desembocan en un alarmante ataque de tos que casi lo tira de la mecedora. Rápidamente lo cubren de mantas y afectuosas recriminaciones y me indican que debemos ir terminando.

El sol se oculta tras las casitas blancas de Ciudad Piojos. Sobre la chimenea cuelgan, amarillentas y manchadas de hollín, borrosas fotografías decimonónicas de Don Evaristo, siempre el mismo adusto anciano, desvaídos testimonios de que casi toda su vida ha sido un viejo. Me acuerdo de Osiko Yamamuchi, la anterior decana de la Humanidad a quien tuve también oportunidad de entrevistar, aquella increíble mujer fallecida a los ciento sesenta y seis años de un corte de digestión mientras hacía esquí acuático frente a las costas de Nueva Zelanda, y no puedo evitar compararla con este consumido despojo inválido que un día fue alguien llamado Evaristo Juárez, para quien existir significa repetir día tras día el mismo recorrido de pequeñas humillaciones y torturas cotidianas, y me pregunto si es tan solo la inercia o si él encuentra todavía algún motivo para abrir los ojos cada mañana y respirar.

“Los tomates. Dentro de un mes estarán maduros para recoger. Y el que viene hay que sembrar el maíz. Aquí hay siempre mucho que hacer. Si faltara yo para indicarles, estos gandules me lo arruinan.”

“¿Miedo a la muerte?” me dice. “No señor, miedo ninguno. Si hasta ahora no me he muerto, ¿por qué me iba a morir ahora?”

Lástima que en ese momento se me tenga que caer la grabadora y que al agacharme a recogerla bajo la mesa me tope con el libro La ventriloquía a su alcance en diez lecciones calzando una de las patas. Tirando del hilo me entero de que Don Evaristo lleva muerto desde 1965, fecha en que su familia decidió disecarlo para continuar exhibiéndolo como atracción turística. “¡Señor, somos muy pobres!” murmuran, fingen vergüenza con la mirada gacha. Todavía tratarán de retenernos para enseñarnos un ternero de tres cabezas que dicen tener en el granero pero se nos ha hecho tarde y al fotógrafo no le queda película; hemos de prometer volver otro día para quitárnoslos de encima.

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