Intolerancia

 

critico

Es de noche y sin embargo llueve, como dijo el clásico, y la luna llena el hueco del cristal roto en la ventana por el que ráfagas de viento se apropian de la enorme mansión en tinieblas que yace inerte sobre la aislada colina. Más la muerte es solo aparente; un televisor esparce cancerígenas radiaciones blanquinegras sobre el rostro esquelético de un anciano que, armado de papel y tinta, se sienta a cinco milímetros de la pantalla con las pupilas dilatadas. -¡Ya empieza, ya empieza!- se le oye murmurar extático cuando acaban los anuncios y da comienzo su programa favorito, aquel al que más odia; como cada noche escribe frenético en un sistema taquigráfico de su invención; el anciano mueve los labios y lo que musita es siempre lo mismo: “¡Debo revelar al mundo la verdad sobre este  este espacio hediondo! ¡Si cada semana no les relatase con pelos y señales todo lo que en él aparece, tal vez por simple curiosidad alguien terminaría viéndolo!”.

¡Noble sacrificio, sin duda, el de este crítico de televisión al que vemos rodeado de decenas de cuadernos con el resultado de su trabajo del día! Pero echemos un vistazo, una página al azar…

Esta mañana, mientras releía a Marco Aurelio (costumbre, por otro lado, que más que recomendable debería ser obligatoria pues siempre se descubre en él algo nuevo), fui arrebatado por una poderosa visión consistente en la siguiente linea: “Si Dios hubiera querido que el hombre tuviera televisión, le habría dado ojos para verla“. Y aunque el estoico emperador romano no podía por supuesto estarse refiriendo a eso que hoy llamamos televisión sino a lo sumo a un aparato con primera cadena y UHF, dicha reflexión conserva todavía toda su vigencia. Un estudio promovido por la americana Asociación Nacional del Rifle demuestra que el noventa y ocho por ciento de los autores de crímenes violentos en ese país habían consumido televisión durante su infancia. El reverendo Laughton Mitchum, uno de los más prestigiosos teóricos del medio, ha promovido recientemente una campaña que, bajo el lema “El Anticristo habita en tu televisor, so lerdo”, pretende convencer a sus compatriotas de que se deshagan de sus televisores y recuperen la casi perdida afición por el gramófono. “Cuando yo era niño”, ha dicho el reverendo, “nadie de mi familia veía la televisión y ni siquiera sabíamos qué era eso. Cada noche después de cenar nos reuníamos en el salón para escuchar el gramófono. ¡No para escuchar discos, para escuchar el gramófono! Los jóvenes de ahora no pueden ni imaginar cómo era aquello. A  menudo nos quedábamos  hasta el amanecer escuchando el gramófono, era algo que realmente nos unía, algo que hacíamos todos juntos, en familia, y esa fue siempre nuestra coartada cada vez que los hombres del sheriff  venían a llevarse a mi padre por cuatrero hasta que la televisión lo cambió todo”.

La inmensa concentración con la que el anciano deglute el infame subproducto televisivo no le deja oir el timbre de la puerta, que resuena una, dos, tres veces…

– Buenas noches y que Dios le bendiga, somos dos monjes de la Iglesia de los Palmípedos enviados al mundo para hacer proselitismo…

Calados hasta los huesos, vestidos con largas túnicas de cuadros escoceses, el pelo cortado a cepillo y expresión bobalicona, su aspecto habría derretido el corazón de un Charles Manson pero el crítico los mira con suspicacia y se niega a franquearles la entrada.

-¡Es muy tarde para visitas! -grazna- ¡Estoy ocupado! ¡Fuera!

-¡Por favor, déjenos explayarnos sólo un instante! -le suplican- ¡Somos una religión anunciada en TV!

-¡Falso! – grita el viejo, la sangre huyéndole del rostro- ¡Conozco uno por uno cada anuncio y nunca vi una secta con nombre semejante! ¡Socorro, impostores!- Mas los  falsos monjes se abalanzan ya sobre la puerta y de una patada se introducen en la casa…

Hay que felicitarse del éxito alcanzado por nuestros amigos de la ATI (Asociación de Teleespectadores en la Inopia), que con sus constantes presiones han conseguido que el único programa cultural de la televisión nacional, ¡Viva la eñe, pardiez! , ese excelente rincón literario semanal dirigido a fomentar la lectura entre los doctores en filología hispánica, pase a emitirse diariamente en la franja horaria hasta ahora ocupada por espacios tan irrelevantes como Madrugada de películas, Gotham city, Más allá de tu ombligo o El último reducto del rock en TV.

El anciano se descubre atado a una silla de su propio salón, rodeado de una docena de individuos cubiertos con impermeables que blanden antorchas, horcas y sogas.

-¿Quiénes sóis? ¿Qué buscáis de mí?

Grita. Por toda respuesta, uno de los fantasmales intrusos da un paso al frente y extrae un pliego del bolsillo. Lee atropellando las palabras con furia histérica:

-“Para cines los de antes, el ya veterano espacio cinematográfico conducido por el director Pepe Luí Rodrigue (autor, como algunos recordarán, de Alfredo Landa contra las monjitas que le suspendieron),  comenzó muy bien, ciertamente, emitiendo clásicos indiscutibles de Chaplin, Ford, Visconti y gente de esta que hacían brotar lágrimas entre este menguado reducto de aficionados con paladar que ya vamos  quedando. Sin embargo, en las últimas semanas, dicho programa parece haber tomado un rumbo incierto. Si el pasado lunes el habitual coro de contertulios no vacilaba en tildar de genial a esa sarta de atrocidades a ritmo de video-clip con tufo a modernidad mal entendida conocida como Taxi Driver, ya se nos promete para el próximo otro monumental bodrio, Apocalypse Now, protagonizada al igual que la anterior por un casi irreconocible Marlon Brando y en la que éste encarna con su acostumbrado histrionismo al mismo personaje que años después haría célebre Chuck Norris. Guárdese Rodrigue de los malas compañías y vuelva a pisar suelo firme, pues si bien es cierto que las obras maestras de este todavía joven séptimo arte se cuentan con los dedos de la mano, aun tiene a su disposición un buen número de títulos nada desdeñables. Sin ir más lejos, ¿cuando va a atreverse alguien a reivindicar Don erre que erre?”

El hombre dobla solemnemente el papel y se lo entrega a uno de los empapados falsos monjes mientras el resto guarda silencio absoluto . Viento.  Lluvia contra los cristales… Emerge otro individuo, su mirada es terrible…

-“Los Homerson. Esta segunda parte de Los Picapiedra, ahora ambientada en nuestros dias, no alcanza ni de lejos el nivel de calidad de su añorada predecesora. No se trata en realidad sino de un intoxicador panfleto contra la energía nuclear y la institución familiar cuyos presuntos golpes de “humor” giran todos con patológica insistencia en torno a la imbecilidad de un desgraciado pater-familias que resulta poco menos que un orangután según cualesquiera estándares físicos y mentales que se adopten. Pulgares abajo para estos Pebbles y Bam-Bam post-industriales.”

Nada más acabar, como el lector anterior, dobla el papel y se lo entrega también al monje.

Al tercer acusador le tiemblan las manos. Parece enfermo, de su garganta brota un gruñido a duras penas modulado:

– “Los terremoto-rangers en el campeonato de dragón-billar es una serie nipona de absurdo título que ya ha sido prohibida en Singapur al ser considerada responsable de la muerte de varios niños, quienes, tras ser descubiertos viéndola, fueron arrojados por la ventana por sus padres. ¿Cuánto habrá que esperar para que en nuestro país se adopten medidas similares?”

Pausa valorativa. El anciano mira las caras y sabe que todo ha terminado, comprende que ha sido juzgado y condenado incluso antes de que el hombre de la túnica a cuadros escoceses y pelo cortado a cepillo le plante ante los ojos las fotocopias de sus artículos y clame en tono altisonante:

-¡Juan Bautista Scrooge! Esos textos llevan tu firma ¿Reconoces haberlos escrito? ¡Habla!

-¡Son solo opiniones!¡Opiniones inofensivas!- se defiende el viejo, se le saltan las lágrimas, no quiere morir.

-¡Te equivocas! -ruge el monje- ¡Para nosotros son opiniones ofensivas! ¡Llevamos años soportandolas y has agotado nuestra paciencia!

-¡Si no os gustan mis opiniones no las leáis! ¡Estoy en mi derecho constitucional de expresarme!

-Oh, si, reconocemos tu libertad de opinión. -se burlan- Simplemente vamos a ejercer el derecho de réplica. ¡Traed la soga!

Le han puesto de pie a empujones, una pared de cuerpos y manos pugna por encontrarle el cuello, le asfixia…

-¡No sabéis con quién estáis hablando! ¡Yo no soy un crítico cualquiera! ¡Soy catedrático de semiótica y tengo un master en Oregón! ¡Me carteo con Umberto Eco!

-¿Llamas cartearse a enviarle diez cartas semanales y que nunca te responda?

El pelo es gris ahora y sus ojos despiden fuego, pero tras las arrugas el rostro sigue siendo el mismo…

-¡Tú también, hijo mío!

-¿Me reconoces? -el intruso sonríe lúgubre- Sí, soy yo, tu hijo, aquella pobre criatura a la que arrojaste de tu casa como a un perro porque se durmió viendo un video de Heidi que tu le habías obligado a comprar  ¡Ahora recibirás tu merecido!

-¡Ten compasión, yo no sabía lo que hacía! ¡Perdonadme, os lo suplico!  ¡No, en el cuello no que tengo tortícolis!¡NOOOOOOOOO!

Me escribe la madre superiora de un convento carmelita de Jaén para protestar por la emisión en horario infantil de un producto como Ximena, la noble bruta. No me queda más remedio que confesarle mi impotencia y comprometerme a realizar un comentario al respecto. Y es que, tal como señala la encantadora monjita, esta serie norteamericana, bajo su inofensiva fachada de bobalicona epopeya mitológica, esconde un encadenado de las más truculentas escenas de sexo y violencia que se hayan visto jamás en nuestras televisiones. El personaje principal, una fornida morena de largos cabellos, corretea por ahí medio en cueros blandiendo una espada, notorio símbolo fálico, constantemente envuelta en burdos combates contra monstruos y dragones obviamente amañados con el fin de subvertir el papel históricamente asignado a la mujer en nuestra cultura bimilenaria. Solo así se entiende que el crucial Debate sobre los Presupuestos Generales del Estado, protagonizado, no por entelequias, sino por simples seres de carne y hueso como usted y como yo, y que tuvo la desgracia de coincidir en su emisión con las peripecias de esta descocada bárbara, se hundiera agónico en los índices de audiencia, incapaz de competir con las mismas armas.

Por otro lado, y cambiando totalmente de asunto, hay que congratularse del estreno de Los mirones de la playa del Sardinero, uno de esos trabajos de producción propia de sólida factura que cada día son más habituales en nuestras distintas programaciones, dignamente realizado e interpretado y que, además de reflejar fielmente una determinada realidad social de este país, fomenta valores tan necesarios como la amistad, la solidaridad, la práctica del deporte y el tener buen aspecto en traje de baño.

Scrooge lanza un desgarrante alarido y despierta en su lecho, empapado en sudor ¡Todo ha sido un sueño!

-¡Gracias, gracias amigos míos! -proclama a las paredes mientras ríe y baila por el cuarto en camisón y gorro de dormir -¡He aprendido la lección! ¡Soy un hombre nuevo! ¡Me he transfigurado!

Y de esa guisa sale a la calle y corre por la calzada como un imbécil saludando al vecindario a grito pelado sin preocuparse de que sean las tres de la mañana -¡Feliz quince de abril, señor Boniga! ¡Qué bien le sientan esos rulos, doña Tula! -y así hubiera proseguido indefinidamente de no haberse interpuesto en su camino una boca de alcantarilla por la que caer y  romperse el cuello.

Si usted ha tenido también un sueño premonitorio, cuentenos su caso. Escriba al apartado de correos 15.523 de Madrid y entrará en el sorteo de quinientas almohadas cervicales para jirafas como la que  ya ha conseguido el señor Scrooge.

(diciembre de 2000)

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