La bestia anda suelta

bestiavshitchcock

Si usted, estimado lector, se halla, como es probable a tenor de los últimos estudios demográficos, entre los 65 y los 90 años, debe saber que se encuentra en peligro de muerte. Es posible que un buen día, mientras espera el autobús, o cuando salga de echar la partida en el club de jubilados, se le acerque un simpático niño de corta edad con un globito en la mano y le pida, con una dulce vocecilla ceceante, que, por favor, se lo infle. ¡Si eso sucede, avise inmediatamente a la policía! Ese niño es un peligroso maniaco homicida y el globo tiene un agujero de forma que, por más que se sople y se sople, nunca se hincha. La desgraciada víctima, no queriendo defraudar al pequeñín, muere finalmente por asfixia o fallo cardiaco y la diabólica criatura, tras despojarle de su dentadura postiza a guisa de trofeo, huye enseguida entre horribles carcajadas para repetir poco después su fechoría en otro escenario. Nos informan que el individuo ha sido ya identificado, su descripción obra en poder de todas las comisarías del país y se confía en su pronta detención y puesta a disposición de la jurisdicción de menores. Mas, trascendiendo la pura anécdota, deberíamos preguntarnos por las causas de este comportamiento antisocial. ¿Qué ha podido mover a un tierno infante, que aún ni tan siquiera ha cumplido los diez años, a emprender una insensata carrera de crímenes en vez de ir al colegio, jugar con sus amiguitos y tomar clases de clarinete como los otros niños de su edad? Un equipo de investigación ha indagado a fondo entrevistando a todos los implicados.

Los padres, localizados en el interior de una caja de seguridad en Suiza bajo identidad supuesta, fueron al principio algo remisos a hablar con la prensa pero finalmente, tras arduas negociaciones y un breve intercambio de cromos, aceptaron colaborar. La madre declaró: “¡La culpa de todo la tiene la televisión, que en mala hora se les ocurrió inventarla! Nosotros nunca le dejábamos verla porque le conocíamos, sabíamos que tenía un espíritu muy  influenciable. Pero empezamos a oír que si los documentales de la 2 por aquí, que si los documentales de la 2 por allá, que si eran muy educativos… Total, que un día se nos ocurrió ponerlos… ¡Qué barbaridad, usted no sabe qué salvajadas, unos bichos comiéndose vivos a otros, corriendo por ahí sin ropa y venga cometer actos aberrantes! Marcada, la criaturita quedó marcada para toda la vida. Todo por culpa de la televisión.”

Tenemos también la autorizada opinión del traumatólogo escocés que trató su problema de pies planos: “Todo se debe a un exceso de proteínas animales. Las proteínas animales causan una proliferación de adrenalina en el organismo que, en dosis elevadas, conduce a comportamientos agresivos, paranoicos o esquizoides. En resumen, ¡más verdura y menos cordero!”

Los profesores del chaval no son de la misma opinión. Para ellos, todo se reduce a la falta de disciplina. “No hacía mas que hablar en clase, muchos días no traía hechas las tareas y luego se hizo una cerbatana con un boli y siempre estaba lanzando granos de arroz a las chicas. Sí, claro, nosotros le expulsábamos de clase ¿Se cree que le importaba? Qué va, él, hala, tan feliz a hacer el mal por ahí. Así salen luego. Pero si a ti se te ocurre darle un par de latigazos, así, flojito, para enderezarlos, enseguida te saltan al cuello los padres, la prensa y el defensor del pueblo.”

 Los compañeros del menor, por el contrario, no dudan en culpar a los profesores por la deficiente educación que reciben: “Es que no nos motivan, no nos inculcan el amor al conocimiento ni nos proporcionan modelos éticos de comportamiento. Ya se sabe que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Seguro que estas cosas no ocurrirían con una educación obligatoria hasta los treinta y cinco años. Ah, y también tenemos demasiadas vacaciones.”

Vemos con estupor que los expertos no consiguen ponerse de acuerdo sobre las causas de los crímenes de este niño. ¿Cómo podemos entonces prevenir que se den en el futuro otros casos similares? ¿Estamos condenados a vivir en el miedo, obligados a esconder todos los objetos cortantes y encadenar a nuestros hijos por la noche? No, por suerte. Yo conozco la razón del mal y también los medios para extirparlo.

La  culpa de todo la tienen los semáforos. Cuando usted se dispone a atravesar una calle, se habrá encontrado a menudo frente un semáforo en rojo. Esto significa, como bien sabemos todos, que no debe cruzar. Pero usted mira a izquierda y derecha y no viene ningún coche. Le asalta la duda ¿pasar, no pasar? Finalmente, usted cruza con el semáforo en rojo. Ha infringido la ley sin que aparentemente su acción le acarree consecuencias. Usted no le da importancia. Al cabo de un par de días hasta lo ha olvidado. Pero ¿y el ejemplo que está dando? Si niños aprenden que se puede cruzar en rojo, ¿qué les va a impedir lanzarse al robo, la extorsión y el asesinato? ¡Así empieza la anarquía! Por eso yo os pido que gritéis conmigo ¡arranquemos los semáforos que pervierten a nuestra juventud! ¡Abajo los semáforos, falsos ídolos del progreso! ¡Con picos y palas, hasta hacerlos papilla! Muchas gracias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *