No somos nada

escarabajo

Dos de agosto, 7.30 de la mañana. Dejo caer un paquete de quinientos folios junto a la máquina de escribir y empiezo a teclear furiosamente. La novela está clara en mi cabeza y apenas dispongo de un mes para transferirla al papel, treinta preciosos días para escapar a una condena de por vida como escribiente en el Banco Pucelano. ¡Esta vez lo conseguiré!

8.55. Me como unas rosquillas caseras mientras releo con satisfacción las primeras diez páginas. Triste historia de una chica de pueblo en la España enclaustrada de los cincuenta, bla bla bla, a la que durante las fiestas patronales le toca en la tómbola una muñeca de ventrílocuo. “En la adjetivación se ve que este tío tiene talento”, me digo. “Esto promete”.

Trabajo encerrado en el cuarto que fue mío de niño en esta casa, con la persiana cerrada y bajo luz de  bombilla para evitar distracciones. Ahora llega del exterior el eco de los ruidos de mi familia despertando: agua corriendo, la bomba escandalosa del retrete, jaleo de voces, los contertulios de Luis del Olmo, un cacofónico entrechocar de cacerolas.

Olga entra con una bandeja y lanza un grito espeluznante. ¡Joder, me ha tirado el desayuno!

-¿Pero tú te has visto, Gervasio? –clama totalmente histérica -¡Tú te has convertido en un escarabajo!

9.35. Lo primero que pienso es que mi mujer se ha vuelto loca. Antes de hablar, sin embargo, decido echar una ojeada a mis extremidades anteriores y resulta que Olga estaba en lo cierto porque en lugar de brazos tengo dos desagradables juegos de patas metálicas de insecto de aspecto muy poco funcional. Este descubrimiento me causa profunda desazón pero procuro parecer desenvuelto para no asustarla.

-Hum, un escarabajo, jo, que kafkiano. –digo, aunque no suena como mi voz habitual sino más grave y más ricamente modulada, con un aire a lo Constantino Romero. –Oye, bajo un momento al servicio.

De camino al cuarto de baño aguanto con indiferencia la mirada interrogativa de mis hijos y mi suegra.

 9.38. Comprobado, soy un escarabajo de los pies a la cabeza. Al instante empiezo a sentir asco de mí mismo y a pensar que sería mejor estar muerto que causar tanta tribulación a mi familia, exactamente los mismos síntomas que presentaba el protagonista de La metamorfosis.

11.28. Es inútil, con este problema no logro concentrarme en la novela. Me siento demasiado grande, negro y viscoso, y con estas nuevas patas no paso de diez pulsaciones por minuto. Debido a la rigidez de mi caparazón me veo obligado a escribir de pie. Mi hija pequeña entra corriendo con un libro en la mano para mostrarme una lámina de un scarabeus sacer o escarabajo pelotero, insecto al parecer muy apreciado  por los antiguos egipcios que fabrica bolas de estiércol con las que alimenta a sus larvas. Creo que he sido innecesariamente rudo con ella. ¡Sospecho que hoy no escribiré una palabra más!

Seis de agosto. Sí, es verdad, soy un egocéntrico, desde que soy un escarabajo no puedo pensar en otra cosa. El único alimento que consigo ingerir es la leche. Me arrastro bajo la cama y permanezco escondido a oscuras durante horas mientras mi mujer está con los niños en la piscina.  Mientras tanto, mi novela de la ventrílocua, la que yo soñaba con vender en pocos meses a Vicente Aranda, languidece en el cajón. ¡Es tan estúpida, tan banal, tan tediosa! La sola idea de reanudarla me resulta insufrible. Pero Olga tiene razón, desde que no escribo me estoy poniendo insoportable. ¡Lo peor es que esta historia de un hombre convertido en escarabajo sería un material estupendo si no fuera por Kafka!

Doce de agosto. El intento de novelar mi experiencia como escarabajo se revela tan fallido como los anteriores. Yo sé perfectamente que en literatura lo fundamental es la forma y no la anécdota pero ¿lo sabrán los editores? Mi caso, pese a estar basado en hechos reales, es un reflejo exacto del conocido relato pero con menos potencial dramático cada día que pasa. Confieso que, una vez superado el natural rechazo inicial, me encuentro ahora perfectamente a gusto en mi condición de escarabajo. Encerrado en mi cuarto sin que nadie me interrumpa salvo para traerme comida, me paso el día viendo televisión en un estado de beatífico amodorramiento. ¡Vaya vacaciones!

Uno de septiembre, 8.30. Anoche, al despertar de la siesta, había recuperado la forma humana y no he tenido más remedio que acudir esta mañana al trabajo. ¿Volveré a acostumbrarme alguna vez? Hay algo profundamente irreal en el hecho de estar aquí otra vez, dentro de esta piel blanda y rosada, hablando por teléfono y rellenando formularios. Dios mío, qué largo se me va a hacer el día

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