La paradoja del astronauta

Un accidente de tráfico en el que mueren su padre y su madre y los hermanos gemelos, dos bebés absolutamente idénticos de apenas unos meses de edad, son entregados en adopción a familias distintas en cada extremo del país dondecada uno crece sin saber de la existencia del otro. Uno de ellos triunfa en el deporte amateur, se doctora en ciencias, se convierte en un piloto de las Fuerzas Aéreas con miles de horas de vuelo a sus espaldas y finalmente se incorpora al programa espacial de la NASA justo a tiempo para protagonizar la primera misión de la agencia más allá del límite del sistema solar: Un equipo de astrónomos anuncia el hallazgo a quince años-luz de nosotros de un planeta del tamaño de Júpiter orbitando a ciento cincuenta millones de kilómetros de su estrella, distancia igual a que separa a  la Tierra del Sol y que a la vista de nuestro caso se considera idónea para la formación de vida: las minúsculas oscilaciones observadas en la órbita del gigante gaseoso revelan la presencia en torno al planeta de un cortejo de masivos satélites, en cada uno de los cuáles podría haberse perfectamente producido una explosión biológica independiente. Si en un principio los jerifaltes de la NASA se pronuncian tan solo por enviar una simple sonda exploratoria automática, la presión de la opinión pública les hace optar por la misión tripulada, aun a sabiendas de que en el mejor de los casos el viajero no estará de vuelta hasta que todos ellos hayan muerto al menos una docena de veces. No escasean los voluntarios, sin embargo, y entre todos ellos es elegido nuestro hombre

Las computadoras gobiernan perfectamente la nave sin necesidad de interferencia humana y el astronauta pasa hundido en el sueño de la hibernación la mayor parte del trayecto. Conforme la nave, impulsada por energía atómica, acelera progresivamente hasta alcanzar su límite máximo de tres cuartas partes de la velocidad de la luz, el tiempo de a bordo, tal como predecían las ecuaciones de Einstein, fluye cada vez más lento en relación al del mundo natal que queda atrás: apenas cinco años de viaje para el viajero, tres largos siglos en la Tierra.

Reanimado para el tramo final, el astronauta emprende una serie de observaciones que confirman la existencia en torno al gigante gaseoso de tres grandes lunas rebosantes de agua, con temperaturas suaves y abundancia de oxígeno en la atmósfera, signo inequívoco de la presencia de vida vegetal. Pero no logra en cambio captar una sola transmisión de ondas electromagnéticas, ni obtiene respuesta alguna a sus intentos de comunicación. El astronauta envía diligentemente toda esta información al control de la misión evitando pensar en qué año será allí cuando la reciban.

No solo un mundo, sino los tres, resultan estar habitados por criaturas indígenas inteligentes. En el primero que visita halla unos seres blandos y viscosos a los que, según descubre, es posible moldear como arcilla y darles así toda clase de formas extravagantes de las que, de no ser por la ayuda de sus congéneres, quienes acuden reptando rápidamente ante los mugidos del infeliz, les sería imposible escapar, pues ellos mismos no tienen más control sobre su estructura externa que el que podemos tener cualquiera de nosotros sobre la nuestra. El astronauta se entretiene esculpiendo sobre uno de ellos a una antigua novia mientras aguarda el resultado de unos sencillos test orientados a la resolución de problemas. Contra todos los indicios las criaturas prueban ser verdaderamente inteligentes según criterios humanos, capaces de modelar con gran pericia a sus semejantes para emplearlos como una amplia variedad de herramientas.

El segundo satélite se encuentra casi por completo cubierto por un único océano de agua dulce rico en algas y plancton bajo el que prolifera una extensa fauna acuática. Sin duda por un caso de evolución convergente ante un ambiente similar, el astronauta es incapaz de distinguir lo que ve de lo que recuerda de los documentales de Cousteau. Colonias de grandes peces, más parecidos a los delfines que a los tiburones (aunque con seguridad más cercanos a estos últimos que a los mamíferos en un improbable árbol taxonómico común), han alcanzado allí un grado de civilización equivalente al de nuestros antepasados del Paleolítico. Extraen su principal sustento de las algas cargadas de radiación solar de las capas más próximas a la superficie, dividiéndose en pequeños grupos de una docena de individuos para aserrar con sus afiladas aletas enormes cepas de más de cien metros cuadrados que después arrastran a sus grutas submarinas y anclan al fondo con pesadas rocas ya dispuestas al efecto. El astronauta verifica no obstante que, en épocas de escasez, estas vegetarianas criaturas pueden tornarse carnívoras aunque, guiadas por algún sorprendente tipo de ética ecológica o tabú religioso que al parecer les impide causar daño a otras especies, en tales casos se entregan voluntariamente al canibalismo.

El tercer satélite es en cambio seco y arenoso, abundante en rocas silíceas y en estructuras volcánicas. En el interior de los cráteres de media decena de volcanes inactivos, distribuidos en pequeñas ciudades plegables, el astronauta encuentra los restos extinguidos de una antigua civilización. Aún quedan en pie imponentes ingenios mecánicos de indescifrable finalidad que se derrumban con rechinante estrépito en cuanto intenta ponerlos en marcha. Halla lo que parece ser un centro de control de datos y pone a trabajar en él a sus computadoras hasta que al cabo de unos días logra desentrañar parte del enigma. Los atribulados habitantes de aquel mundo, acuciados por la necesidad de predecir con tiempo las erupciones y de idear técnicas de plegado cada vez más eficaces, habían llegado a desarrollar hasta límites insospechados la ciencia de las matemáticas aplicadas: ya apenas abandonada la era de los mitos habían emprendido la construcción de una primera y colosal computadora cuyo volumen llegó a abarcar dos tercios de un hemisferio y en cuyo seno protector se alojó durante muchos milenios buena parte de la población. La segunda computadora que diseñaron, infinitamente mejorada, tenía las dimensiones de una hogaza de pan y les sirvió fielmente durante mucho tiempo. La tercera, un trabajo de largos siglos de estudios y ensayos en el que habían depositado grandes esperanzas, estaba basada en complejísimas interacciones cuánticas y pliegues espaciotemporales que permitieron encoger su tamaño hasta el de una simple molécula de hidrógeno. Esa fue la causa de su ruina, pues toda su civilización se derrumbó hasta la desaparición final de la raza el día en que la extraviaron. El astronauta eleva una silenciosa plegaria en memoria de aquella gente tan irreflexiva; todavía invertirá unos cuantos días en la recogida de muestras antes de iniciar el viaje de regreso.

Despierta, como la vez anterior, un par de semanas antes de la llegada y por de pronto se alarma al comprobar que la Tierra está completamente muda, que es imposible recibir ninguna transmisión de radio o televisión. Luego recuerda que en el planeta han transcurrido setecientos veinte años desde su partida. Seguramente la tecnología de las comunicaciones habrá ya dejado muy atrás procedimientos tan rudimentarios (pero no se distinguen luces en el hemisferio nocturno…).

Nadie responde a sus llamadas ni le envía indicaciones de vuelo, él mismo pone rumbo a lo que solía ser el viejo Cabo Kennedy. No hay pista de aterrizaje, tan solo un puñado de ruinas; busca un descampado sobre el que descender. Escucha impaciente el suspiro de los cierres hidráulicos y, cuando finalmente pone el pie en la superficie de su propio planeta, lo que ve no es el mundo radicalmente transformado por siete siglos de progreso que temía encontrar sino los desmoronados restos grises de un mundo que reconoce perfectamente. Algunos viejos postes de teléfono todavía en pie. Una valla publicitaria herrumbrosa engullida por la maleza. Dos interminables hileras de esqueletos de coches, muchos de cuyos modelos aún le resultan familiares, más de un cráneo humano mirándole interrogativamente desde lo que solía ser el salpicadero. Casas ennegrecidas con las ventanas tapiadas. Fachadas arrancadas como la hoja de un calendario dejando impúdicamente a la vista de nadie ratoneras cuadriculadas de paredes y vigas. Trozos de acera entre las raíces hipertrofiadas de árboles que crecen por todas partes. Cada vez que vuelve una esquina el astronauta se siente más anulado, es incapaz de imaginar qué clase de desastre pudo causar algo así. Sus relucientes botas espaciales se hunden en la gruesa capa de barro del suelo. Se quita la escafandra y la arroja lejos con una horrenda blasfemia que ya nadie salvo él conoce.  

-¡Eh, tú, el astronauta!

Se da la vuelta. Una persona corre hacia él. No, no es un reflejo, el otro hombre lleva en la mano su escafandra pero tiene su misma cara, es idéntico a él, el mismo peinado ¡incluso lleva un traje absurdamente parecido al suyo! A diez pasos se detiene en seco. Durante un buen rato los dos simplemente se miran...

El otro le tiende la mano.

Yo soy Frank.

-Lloyd.

-Bueno, Lloyd… –dice Frank, el gemelo que permaneció en la Tierra– ¡Esto lo explica todo!

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