Carta de García

Acabo de recibir carta de García. El pobre hombre murió el mes pasado, atropellado mientras cogía setas junto al circuito secreto donde Repsol prueba sus nuevos lubricantes, y desde entonces es que no ha vuelto a levantar cabeza. Nada más sentir el golpe, me cuenta, desaparecieron todas las luces y puntos de referencia, le abandonó la consciencia de su propio peso y le inundó una indescriptible sensación de bienestar, reemplazada al cabo de unos instantes por un molestísimo picor por todo el cuerpo. Inmediatamente trató de rascarse y cuando no pudo localizar sus manos ni su cuerpo comprendió que estaba muerto. “Maldita sea”, pensó. “Ahora ya nunca sabré quien es el nuevo número uno en los Cuarenta Principales”, y García encontró reconfortante comprobar que aún era capaz de bromear en semejante situación.

Miró a su alrededor y no vió mas que oscuridad. “Pero en realidad no estoy aquí”, se dijo. “No me he movido del sitio donde me golpeó el coche. Este ilusorio lugar vacío de estímulos es sin duda la antesala de la extinción final de la propia consciencia, tan solo existe dentro de mi cabeza y en unos segundos me lo llevaré conmigo”.

Entonces le llamó la atención un punto de luz que no había visto antes.”¿Será posible que haya algo de verdad en esas historias sobre la vida después de la muerte?” se preguntó sorprendidísimo (porque García había sido siempre un poco ateo). El tamaño aparente del punto luminoso aumentaba a un ritmo constante y García comprendió que, en contra de su primera impresión, no estaba flotando inmóvil en medio de la nada sino que se movía rápidamente en dirección a esa luz más y más brillante. O tal vez, se contradijo, es la luz la que viene hacia mí. Pero no, al cabo de unos momentos ya había dejado atrás y a su derecha aquel enorme cartel luminoso, “AL INFIERNO, 10 MINUTOS” .

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